Introducción
Ha sido muy habitual recurrir a la famosa cita de Antonio Gramsci para ilustrar los tiempos de cambio: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».
El coronavirus nos ha empujado, de forma súbita, a ese claroscuro, a enfrentarnos a la necesidad de algo nuevo, vencer las resistencias a morir de lo viejo y enfrentarnos a los monstruos que aparecen en un horizonte próximo. La pandemia es un “hecho disruptivo”, pero no puede considerarse un “cisne negro”. Existían muchas alertas sobre lo que podía suceder. Sí es una distopía, se ha materializado un escenario extremadamente negativo. Una distopía que, como nuestro país, puede estar sólo en fase 0 o en fase 1 y presentar próximos capítulos.
La pandemia nos hace presente el carácter multidimensional de la crisis actual, no sólo sanitario o económica. Es una crisis de gobernanza, de modelos, de cultura, de valores. Una crisis que no va a permitir soluciones basadas en parches, sino que exige una nueva visión. Y es aquí donde la Inteligencia debería cobrar valor. No podemos caminar únicamente hacia una “reconstrucción” o hacia una “nueva normalidad”, terminología que denota fuertes anclajes con un pasado. Tampoco se puede caer en el extremo de despreciar todo lo avanzado en nuestras sociedades. Pero sí es manifiesto que el sistema y modelo actual presenta serias vulnerabilidades y limitaciones a la hora de gestionar la complejidad actual.
La Inteligencia nos permite combinar la labor de “forenses” (para explicar qué ha pasado y sus causas) con la de “visionarios” (constructores de futuro). Es imposible desarrollar escenarios de futuro si no disponemos de un amplio conocimiento sobre el pasado y el presente. Nuestra sociedad actual, extremadamente “performática”, dificulta la comprensión de cualquier fenómeno. A ello se suman 3 efectos, las 3P que ha señalado Moisés Naím: polarización, populismo y posverdad.
Producido el “hecho disruptivo”, y al margen de entender qué ha pasado y aprender cómo se podría haber evitado o minimizado, o cómo se podría haber gestionado de otra forma, es natural reflexionar sobre algunas de las principales tendencias que podrían ser facilitadas o potenciadas, y los impactos que puedan tener a nivel personal, social o empresarial:
- Economía. Una grave crisis económica, que ahondará la brecha intergeneracional, que producirá un fuerte desempleo, caída del consumo e inversión, y fuerte endeudamiento estatal. Una economía de confinamiento, con un fuerte poder de la “economía de plataforma”, aquellos modelos de bienes y servicios online o a golpe de click. Fin a la deslocalización de producción de productos básicos. Limitaciones en viajes. Cambios en el modelo laboral.
- Una desglobalización física y un incremento de la globalización digital. Innovación y redes en el centro. Panopticón digital.
- Unos impactos individuales y sociales. Alejamiento social. Empowerment individual en red. Mayor foco en el hogar como centro de vida. Cambio en hábitos de consumo, de turismo, de ocio. Miedo, ira y frustración, individual y colectiva, que producirán una grave crisis social y nueva era de protestas.
Decálogo para una transición inteligente
- Transición
Asumir que entramos en una transición, el periodo intermedio entre que lo viejo muere y lo nuevo nace. Pero no sólo eso, sino definir esa transición con una visión estratégica. Una transición implica un punto de partida y un punto de destino. España cuenta con buena experiencia en esta materia, aunque lejana en el tiempo y en un contexto muy diferente. Una nueva transición precisa un nuevo impulso, una renovación. Nuevas formas de pensar y nuevas herramientas. Nuevos consensos. Es el momento. La campanada de la pandemia, que no cesa de sonar, indica que podríamos dejar de esperar y contemporizar, que llega el momento de abordar cambios de modelo necesarios. Es preciso definir como país, como organización, como empresa, como sociedad o como individuo qué queremos en nuestro futuro.
Desde este punto de vista pudiera ser que las denominaciones que se vienen utilizando, como “nueva normalidad” o “reconstrucción” no sean las más adecuadas, debido a su fuerte dependencia dell pasado. El lenguaje nos condiciona. Y en este caso los términos inducen a pensar en nuestra vida anterior a la pandemia. ¿Queremos volver a la misma casilla de partida? Sin duda, algunos profetas nos propondrán «futuros pasados». Nos tratarán de engañar diciendo que abordaremos un giro de 360º. Mucha atención, porque los giros de 360º nos dejan en el mismo lugar.
2. Humildad y honestidad
Nos creíamos dioses. Creíamos que teníamos el control. Que nuestras capacidades como seres humanos eran infinitas.
Nos creíamos dioses y, de pronto, nos comenzaron a sangrar las cicatrices de la globalización, heridas que no pueden ser curadas con las medicinas tradicionales ni con las que tanto proliferan actualmente en el mercadillo de los milagros simples e inmediatos (populismos, nacionalismos, etc.).
Pensábamos que los riesgos venían del ciberespacio y no nos dábamos cuenta de que, enfrascados en nuestras redes, la violencia, la desigualdad y los conflictos se seguían plasmando en las calles. Y que otras amenazas latentes tendrían ahí, en el espacio físico, su ecosistema.
Nos creíamos dioses, aunque la naturaleza insistía una y otra vez en demostrarnos que no. Pero no queríamos verlo.
Nos creíamos dioses e incluso pensábamos que teníamos millones de amigos. Ahora añoramos el abrazo verdadero, sin saber siquiera cuándo lo podremos tener.
Quién iba a decir que en 2020 nuestros viejos balcones se iban a convertir en una extensión de nuestros muros de Facebook.
De pronto nos hemos dado cuenta, no todos, de nuestra naturaleza humana, de nuestra imperfección y de nuestras limitaciones.
La inteligencia se debe basar en la humildad. Que el bofetón que esta pandemia nos pega nos permita ser más humildes, y también más honestos. Honestos para admitir que no sabemos todo. Que en el caso específico de esta pandemia son multitud las incertidumbres pendientes de resolver (inmunidad, disponibilidad de vacuna, posibilidad de rebrotes, impacto del calor, etc.). Y también honestos para admitir los errores, tanto individuales como colectivos. Que los hay, y que es natural que se produzcan. Y humano.
Y también leales. «Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe en la cara», señala una célebre cita del mundo del boxeo. Es momento de asumir que es preciso cambiar el plan.
3. Actitud forense
Para abordar el futuro es preciso conocer el pasado y el presente. Sin duda. El instinto lógico nos lleva a pensar qué será de nosotros en el futuro, sin más consideraciones, pero para ello debemos analizar, con espíritu forense, qué ha pasado, por qué ha pasado. Y generar “lecciones aprendidas colectivas”. Lecciones aprendidas que no debemos archivar, sino tener a mano.
4. Convivir en el caos
Tradicionalmente las escuelas de negocio nos han señalado la importancia de la adaptación al cambio. Pero los tiempos actuales son mucho más que cambio. Quedan mejor definidos en el término VUCA (acrónimo en inglés de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad). Es el momento de abordar la gestión de la complejidad, y de saber “vivir en el caos”. Edgar Morin llega años señalando la ceguera de nuestro conocimiento hiper especializado, que no permite ver las relaciones sistémicas entre innumerables variables relacionadas. Daniel Innerarity, en su último libro, incide en que la complejidad de nuestras sociedades no puede ser gestionada desde políticas simples.
Daniel Innerarity destaca que la democracia es un régimen de difícil previsibilidad, y los sistemas políticos actuales están siendo incapaces de gestionar la creciente incapacidad del mundo, al igual que lo son para contrarrestar las corrientes que ofrecen simplificaciones sobre dicha complejidad (populismos). Algo que ya apuntaba Alvin Toffler, que falleció en julio de 2016, en el imprescindible “Shock del futuro”, publicado en 1970. Un contexto que, por pura definición, se presentaba dañino para aquellas personas y organizaciones rígidas, intolerantes al cambio. Un escenario descrito en el pasado “que, en la actualidad, más allá de un shock, nos mantiene en estado de noqueo”.
5. No sólo resiliencia, también “antifragilidad”
Resiliencia es otro término de uso y abuso. En principio, y explicado en términos burdos, la resiliencia sería la capacidad de volver a la normalidad tras una adversidad. Sin duda, es un término de especial trascendencia en términos de psicología. Pero cuando es llevado a otros niveles (mundo, país, sociedad), resulta muy limitativo. En términos de boxeo equivaldría a “saber encajar los golpes”. Por ese motivo el término “antifragilidad”, acuñado en obra de mismo título por Taleb, resulta mucho más atractivo: la capacidad para no sólo recuperarse sino salir fortalecido de la adversidad. De esta crisis algunas empresas, algunos estados, algunos individuos, van a salir fortalecidos. Ahí tendremos un ejemplo y casos de análisis importantes para la construcción de nuestro futuro. Debemos potenciar la antifragilidad como un objetivo de la Inteligencia.
6. Soñar
Queremos construir un futuro. Un futuro distinto. Un futuro mejor. Frente a la actual distopía opongamos la utopía. Tenemos derecho a ello. Tenemos derecho a soñar. Cualquier realización humana de valor ha sido soñada, ha sido imaginada, ha sido recreada en algunas mentes como fase previa a su desarrollo.
Soñar es también consustancial a la Inteligencia. Construyamos esos escenarios. Los tiempos de crisis incentivan la imaginación y la creatividad. Esta es la oportunidad.
7. Tecnología
El futuro va a estar marcado por la tecnología. Ya lo está realmente. Las empresas tecnológicas aparecen como las grandes vencedoras en esta crisis. Estos meses nos han llevado de cabeza a una “economía de plataforma”. El individuo se empodera en las redes y con el apoyo de la tecnología. Dicho todo ello, y admitiendo el claro apoyo de la tecnología a la evolución del ser humano, varios riesgos se pudieran acrecentar: la tendencia a usar la tecnología como fin y no como medio (el “solucionismo tecnológico” que señala Morozov, en el que se buscan soluciones tecnológicas a problemas que realmente no existen), el Vigilantismo (Panopticón digital) y las adicciones.
Desde el punto de vista de Inteligencia, la tecnología es un enorme “game changer”, como señalamos en este artículo para CEPOL.
8. Inteligencia colectiva
A pesar de los limitados recursos que hacen que la tarea del analista de inteligencia en ocasiones sea individual, no puede haber Inteligencia si no se desarrolla en equipo. En el marco de la actual complejidad no puede limitarse a nivel interno (la propia empresa, organización) sino que es una labor de construcción grupal y colectiva.
La inteligencia colectiva implica dar lo mejor de cada uno (individualmente) para lograr el mayor bien común. Algo tan necesario como escaso en los tiempos en que vivimos. Aún así se han dado grandes pasos. La colaboración entre empresas es cada vez mayor. Departamentos de Seguridad incorporan la Inteligencia en su estructura y procesos. La Inteligencia comienza a apoyar en empresas a áreas de Recursos Humano o de Comunicación. Compartir información entre organizaciones, ante riesgos comunes (sea un ciberataque o una pandemia), es cada vez más habitual. Lo mismo sucede entre sector público y privado.
Pero aún estamos en fases muy iniciales para la creación de una inteligencia colectiva, que tendrá, como ejemplo, estos focos:
- Inteligencia colectiva ciudadana. Ciudadanos empoderados en redes que cada vez más induzcan la toma de decisiones, y ofrezcan soluciones que no vengan dadas por los Gobiernos.
- Inteligencia colectiva empresarial. Inteligencia corporativa compartida entre empresas, cada vez en mayor medida y mayor número de foros.
- Inteligencia económica colectiva, en la que es preciso ir más allá de la colaboración entre Estado (incluyendo CNI) y empresas. Las empresas pueden proveer de buena información al Estados, por supuesto. El Estado puede ayudar a las empresas en entornos críticos o en procesos de internacionalización, sin duda. Pero llega el momento de adoptar otros modelos, como el de Estados Unidos. Estos días se ha sabido que Eric Schmidt, ex CEO de Google, ha sido fichado por el Gobernador de Nueva York para liderar una comisión de reconstrucción post pandemia. Conocido era que Schmidt y Jared Cohen (director de Google Ideas, siendo aún de interés el libro “El futuro digital” que ambos escribieron en 2013) asesoraban a Condoleezza Rice y a Hillary Clinton durante su mandato, al igual que muchos otros empresarios. Empresas españolas han demostrado estos días sus capacidades, habilidades, contactos para realizar gestiones de interés público (admitiendo también las dificultades e inflexibilidades de los procedimientos administrativos).
9. El parqué bursátil de los valores.
Sin duda los valores cotizan, al alza o a la baja. En los últimos tiempos han cotizado al alza el individualismo, la indiferencia, la superficialidad o la inmediatez. Especialmente relevante resulta la globalización de la indiferencia, a la que ya aludió el Papa Francisco en su visita a Lampedusa, cuando en una resaltable homilía señaló: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”. ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!”
La percepción es que determinados valores, que están en el presente cotizando muy bajo, pueden suponer una gran inversión, necesaria, en los mercados a futuros. Entre ellos destacan la tolerancia y la solidaridad, en un momento en que se propugna el aislacionismo, el individualismo y el proteccionismo.
La Real Academia de la Lengua define tolerancia, en su segunda acepción, como “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
A estos efectos, y con mayor necesidad que nunca ante el avance de la intolerancia, del discurso y delitos de odio, y el incremento de polarización política y social, resulta relevante repasar el contenido de la Declaración de Principios sobre la Tolerancia de UNESCO (16 de noviembre de 1995) en que se muestra “alarmada por la intensificación actual de los actos de intolerancia, violencia, terrorismo, xenofobia, nacionalismo agresivo, racismo, antisemitismo, exclusión, marginación y discriminación perpetrados contra minorías nacionales, étnicas, religiosas y lingüísticas, refugiados, trabajadores migrantes, inmigrantes y grupos vulnerables de la sociedad, así como por los actos de violencia e intimidación contra personas que ejercen su derecho de libre opinión y expresión – todos los cuales constituyen amenazas para la consolidación de la paz y de la democracia en el plano nacional e internacional y obstáculos para el desarrollo”.
10. Un nuevo humanismo
Es momento de elegir mejor a nuestros héroes. Estos se muestran en la adversidad, no en la bonanza. No buscan cámaras ni firman autógrafos. Estos días contraemos una deuda enorme con ellos. Van a precisar todo nuestro apoyo. No olvidemos.
También es momento de volver a poner al ser humano en el centro del tablero. Un ejemplo de esa pérdida de humanismo en los últimos años se basa en analizar el lenguaje. Llegamos a adjudicar cualidades humanas a las cosas (como la inteligencia), o incluso los sentimientos (más titulares sobre el temor de los mercados que sobre el de las personas). Hemos humanizado las cosas y cosificado a las personas.
Esta crisis está produciendo una reconfiguración de actores, poniendo de relieve de nuevo la importancia del Estado, de la vecindad o de la familia.
Finalizo de nuevo con una mención a ese espíritu de TRANSICIÓN que nos debe servir de punto de unión, inteligente, hacia el futuro. Nuestros mayores, padres y abuelos, son quienes más están sufriendo estos días. Tuvieron una vida difícil. Estaban acostumbrados a la adversidad, tras una cruenta guerra civil. No sólo fueron resilientes, también “antifrágiles”. Y supieron dejar atrás el pasado, odios y animadversiones, para llegar a consensos y construir un nuevo país, pensando en un bien común. Nuevas generaciones hemos vivido en el estado del bienestar, con un Estado que siempre salía a socorrer o cubrir necesidades. No estamos entrenados en adversidades. Tampoco hemos practicado el consenso. En esta situación, construir un futuro en base a una inteligencia colectiva se plantea como una utopía.
Pero las utopías están ahí para anhelarlas y para luchar por ellas. Quizás…ese futuro que deseamos se lo debamos, también, a nuestros mayores.
¡Que el futuro no nos sea indiferente!

Muy Buena reflexion y metodo de informar .
Me gustaMe gusta