En 2015 el Papa Francisco realizaba una especie de actualización de los clásicos 7 pecados capitales, un pequeño ejercicio para listar algunos de los males sociales de ese momento. También se ha destacado en ocasiones cómo el propio Papa Francisco excluiría la pereza de esos pecados.
En los tiempos actuales, que se llegan a calificar como la “era del desorden”, los males de nuestras sociedades se alejan, aún más si cabe, de la formulación clásica: gula, pereza, lujuria, soberbia, envidia, ira y avaricia. Una versión previa constaba de 8 pecados, incluyendo la tristeza, el orgullo o la vanagloria.
Analizando la actualidad, y adoptando esa filosofía futbolística de que todos llevamos un entrenador dentro que haría su propia alineación, y señalando que son tendencias que ya se venían manifestando, me atrevería a destacar estos nuevos 7 pecados de esta “era del desorden”, que además pueden ser potenciados por los impactos de la pandemia. En algunos casos recupero algunos textos que he publicado previamente y combino parcialmente con una crónica musical, que es viernes. A alguno la música nos salva, siendo impagable la compañía en estos meses. Muy en deuda. Os cuento. No esperéis mucho, nivel inexperto.
- Anomia social
Se puede definir anomia como aquel estado que deriva de la inexistencia de reglas sociales, o bien de su degradación o eliminación, hasta el punto de no ser respetadas. En los últimos años muchas evidencias apuntan hacia esta situación. Estados Unidos se enfrenta a una grave crisis social desencadenada por la violencia policial racial. El desorden y los saqueos se suceden. Se producen conductas “asociales” que, como señaló Robert Merton, obedecen a la disociación entre aspiraciones de una sociedad y la realidad a la que se enfrentan. La invocación a la “ley y el orden” es una falacia, no exenta de hipocresía, que invierte la carga de culpabilidad en los manifestantes sin atender a una de las raíces: la ley y el orden debe ser respetada en primer lugar por aquellos que deben proveer de la misma a la ciudadanía.
Los ejemplos de anomia se suceden. La pérdida de crédito de muchas instituciones, aquellas que en un sistema democrático son elegidas por los ciudadanos delegando en ellas responsabilidades y capacidades, son incapaces de afrontar los problemas reales del día a día o se ven envueltas en escándalos inadmisibles. Incide en la cohesión social e incentiva la polarización. Emile Durkheim destacaba la unión del grupo como condición para desarrollar normas que regulen el comportamiento y logren mantener el orden. En los momentos actuales el sistema falla en todos sus pilares.
Los individuos pueden llegar a pensar que las normas impuestas carecen de sentido, de justicia, de equidad, y llegan a plantearse, si no lo hacen directamente, su incumplimiento. La errática gestión de la pandemia, por ser diplomático, lleva a que los episodios de desobediencia a las normas proliferen (manifestaciones sin respetar normas, negativa a mascarillas o PCRs o vacunas), con el riesgo de aumentar a medida que el ciudadano perciba aún en mayor grado los brutales impactos económicos y sociales, a lo que se une un creciente hartazgo y cabreo.
La anomia social, justificada o no, lleva al incumplimiento de normas y la falta de respeto a la autoridad, generando riesgos adicionales para la seguridad, para los derechos y libertades. Se une a la cultura de violencia que caracteriza a nuestras sociedades, con cierta tendencia peligrosa a que, por la vía de hecho, el derecho al ejercicio de la violencia deja de ser considerado como exclusivo del estado.
2. Estulticia
La estulticia es la ignorancia, la necedad o la estupidez de una persona, grupo u organización. Los tiempos actuales son ricos en estulticia, bastando darse una vuelta por las redes sociales o pasear por los diferentes canales de televisión, o escuchar a nuestros representantes en su “patio de colegio”, también conocido como Congreso.
Un mundo actual caracterizado por la imagen, por las expresiones “viscerales” y por la orientación “performática”, en la que todo necesita ser un show para captar la atención mediática. Por el camino van muriendo la argumentación, el debate, la reflexión profunda.
Sí, el virus es grave, pero la estupidez es un virus aún mayor. Virulento y tremendamente contagioso. COVID-19 alimenta e incrementa el virus de la estupidez.
3. Ignominia
La ignominia es la ofensa grave que sufre el honor o la dignidad de una persona. Los últimos años son prolijos en ignominia. Por un lado, se produce un proceso continuo de conversión del ser humano, y sus dramas, en simples números estadísticos, un proceso de cosificación en términos victimológicos, en el que la concienciación sobre la gravedad de un fenómeno únicamente se produce a golpe de fotografía de impacto, como sucedió con el caso de Aylán Kurdi, el niño de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía. Por otra parte, se manifiesta una indiferencia o una inacción internacional, si el país o comunidad afectada no genera intereses adicionales, especialmente de origen económico. La masacre cometida por el Daesh sobre los yazidíes, entre otros grupos y comunidades, la ejecutada por el régimen de Asad, con apoyo de Rusia, sobre Alepo, o la de la alianza árabe sobre la población civil en Yemen debe inducir a una reflexión sobre el papel de las organizaciones internacionales o sobre la continuamente aludida, pero falsa, existencia de una comunidad internacional.
Especialmente relevante resulta la globalización de la indiferencia, a la que ya aludió el Papa Francisco en su visita a Lampedusa, cuando en una resaltable homilía señaló: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste? ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!”
COVID-19 está acentuando el individualismo, limitando las interacciones sociales, empoderando al ciudadano para que pueda resolver sus problemas sin salir del hogar, la nueva fortaleza. El ciudadano adopta la filosofía “do it yourself” o “maker”, que no es negativa en sí misma, pero que sí puede inclinar la balanza entre individualismo-colectivismo hacia el primer lado si no se crean suficientes recursos para al menos no perder parte de la naturaleza social del ser humano.
4. Miedo
El miedo se nutre tanto de la incertidumbre, de la ignorancia sobre la dimensión de los riesgos y amenazas, como de la ignorancia sobre cómo enfrentarnos a los mismos. Genera efectos demoledores en nuestras sociedades, potenciando la percepción de un estado de alerta permanente e inhibiendo el desarrollo de capacidades para detectar oportunidades.
El miedo, adicionalmente, transforma a las sociedades en manipulables, y, como COVID-19, es muy contagioso: se transmite de padres a hijos, de gobernantes a ciudadanos, de profesores a alumnos.
Comparto unas antiguas reflexiones personales sobre el miedo AQUÍ.
5. Intolerancia
La Real Academia de la Lengua define tolerancia, en su segunda acepción, como «respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Por supuesto que la tolerancia debe tener también unos límites, que podríamos fijar en el respeto de los derechos y libertades de los demás. No todo puede ni debe ser tolerado. Son muchos los ámbitos en los que encontramos una gran ausencia de tolerancia, especialmente en el religioso y en el político. Y de ello no escapa nadie: personas, naciones, organizaciones, medios de comunicación, e incluso instituciones o movimientos que señalan la tolerancia como uno de sus valores fundamentales. La tolerancia implica:
- Respeto. “No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”. Mahatma Gandhi
- Aceptación de la diversidad. “Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco, negro, judío o musulmán. Me basta con saber que es un ser humano”. Walt Whitman.
- Pensamiento crítico. Definido como un doble proceso cognitivo, para analizar la realidad, pero también los propios procesos de pensamiento y sesgos cognitivos. Flexibilidad. Dudar de la propia razón. “Tolerancia es esa sensación molesta de que al final el otro pudiera tener razón”. Anónimo
- Apertura de mente, que permita comunicación y empatizar, tratando de ponerse en el lugar de los demás. Ello no implica simpatizar, que sería coincidir con las apreciaciones del otro. “Antes de juzgar a una persona, camina tres lunas con sus mocasines”. Proverbio indio.
- Asumir defectos propios y ajenos. “Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”. Mahatma Gandhi
- Búsqueda de puntos de encuentro. “Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas”. John Fitzgerald Kennedy.
A estos efectos, y con mayor necesidad que nunca ante el avance de la intolerancia, del discurso y delitos de odio, y el incremento de polarización política y social, resulta relevante repasar el contenido de la Declaración de Principios sobre la Tolerancia de UNESCO (16 de noviembre de 1995)62en que se muestra “alarmada por la intensificación actual de los actos de intolerancia, violencia, terrorismo, xenofobia, nacionalismo agresivo, racismo, antisemitismo, exclusión, marginación y discriminación perpetrados contra minorías nacionales, étnicas, religiosas y lingüísticas, refugiados, trabajadores migrantes, inmigrantes y grupos vulnerables de la sociedad, así como por los actos de violencia e intimidación contra personas que ejercen su derecho de libre opinión y expresión –todos los cuales constituyen amenazas para la consolidación de la paz y de la democracia en el plano nacional e internacional y obstáculos para el desarrollo”.
La pandemia también acentúa esta carrera loca hacia el odio, hacia la polarización, hacia el “y tú más”, mostrándose cada día la inexistencia de vías mínimas para el consenso, político y social. Ni interesa, ni se pretende. ¿Qué podemos esperar de una sociedad en la que se justifica el «derecho a ofender»?
6. Brutalidad organizada
Sinisa Malesevic acaba de publicar un ensayo titulado “El auge de la brutalidad organizada”, en el que argumenta en contra de la teoría de Steven Pinker, que en “Los ángeles que llevamos dentro” señalaba que vivimos el momento menos violento de la historia.
En primer lugar, es necesario reflexionar sobre el término “violencia”, que actualmente, y con el desarrollo tecnológico, se puede ejercer de formas adicionales a la simple violencia física.
Puede ser que algunas violencias disminuyan (guerras), pero surgen o se potencian nuevas modalidades. En gran parte, como señala el autor, en acciones no ajenas a los estados, a través de su poder, de su capacidad de penetración ideológica y en lo que denomina “microsolidaridad”: estados y otros actores sociales se infiltran el micromundo de la familia, los amigos, con un lenguaje de amistad, de pertenencia, de patria o de enemigos comunes.
En las redes sociales también es posible percibir un estilo de “brutalidad organizada”, intencionada, estructurada, frente a cualquier tipo de opinión, pensamiento o acción. Si además a ese enemigo construido se le puede vincular con COVID-19 (más o menos indirectamente) el efecto es aún mayor. Una brutalidad organizada alentada por representantes públicos y por medios de comunicación afines.
La pandemia está incentivando el racismo y la xenofobia (gobernantes que directamente culpabilizan a colectivos concretos), y podría hacerlo aún más en el futuro debido a los impactos migratorios que puede acarrear.
8. Mentira
Y finalmente…mentiras, mentiras y más mentiras.
La denominada “posverdad” sólo puso de manifiesto una tendencia. Las nuevas tecnologías y las redes sociales han facilitado el proceso. Y así estamos. Los hechos ya no valen, manda el “hígado”.
Mentiras que poco tienen de piadosas. Mentiras para herir. Mentiras para dañar. Mentiras para polarizar y romper aún más lo que quede de cohesión social. Que el líder de la primera potencia mundial acumule más de 20.000 falsedades sirve como indicador del mundo que hemos creado.
En todo caso, no me gusta acabar con una visión tan pesimista. El desafío es grande. Tenemos que salir de esta pandemia, pero también de las vías que están posibilitando el desarrollo de estos 7 pecados capitales. Nuestra crisis no es sólo sanitaria. La solución no puede quedar sólo en manos de gobernantes, que en muchos casos únicamente están mostrando su ineptitud, su escasez de miras, su oportunismo y discurso en continua «clave electoral». Debemos dar un paso. Muchos pasos. Cada uno debemos asumir nuestra responsabilidad. No podemos mirar hacia un lado. Tampoco debemos callar. Saquemos lo mejor de cada uno, rescatemos todo lo que de valor se ha hecho en las últimas décadas, quememos todo lo que sobra o es negativo y construyamos unas nuevas reglas, consensuadas, que nos saquen del actual estado de anomia colectiva.
